
Todos los almanaques son pequeños. Yo espío
mi herida, mi amistad roja de niño sin mapas.
Un enigma, una esfera que no elige la virtud
del tiempo. Y detrás un sueño de artilugios
que abren sus alas y no lloran. Sí, la amistad
crece como una flor de nácar y no hay
en su oasis golondrinas ni islas ni robots
de labios azules ni cánticos de azabache
o muerte
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