domingo, 25 de diciembre de 2011

La sed de las amapolas.

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Al cabo de todo, el invierno termina por parecerse al óxido en el que se está convirtiendo mi esqueleto. Una nada de cadena hueca como de caña, y de noches que prueban su filo en las esquinas.
Nadie sabe de la sed de las amapolas que revienta bajo la tierra, ni de la vida acuática que silencia el río al que hoy persiguen extraños camalotes. Pero todos sabemos de la variedad de los metales, de la perfección de las escuadras que miden la capacidad de los bosques para determinados árboles, y de cómo las cigüeñas nos acompañan desde hace varios inviernos, sin saber la diferencia que existe entre una zona protegida y un teatro de marionetas.
Saldremos sin hacer ruido y con los ojos cerrados, porque esta debe de ser la única forma de imaginar cien hojas de abedul acariciándonos la espalda, o veinte nudos bajo el cauce y sobre las piedras creando rumores de agua al pie de un sueño. Saldremos apretando los ojos y las manos, entre ellas un estruendo de frío envuelto en nubes, y otra muerte, para guardar en la memoria.
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2 comentarios:

tino dijo...

Precioso este recorrido por el submundo donde la imagen de lo que adentro ocurre es el desdoble de la realidad arriba percibida...Precioso Mamen. un disfrute seguir leyendo tus letras.

Mamen Alegre dijo...

Gracias Tino. Tenía muchas dudas sobre este, en un principio, poema y después pequeño texto de prosa poética?? Podría llamarlo así. Dudaba en la puntuación, incluso después de publicado cambié alguna coma de lugar y un estratégico "su" por un "mi". Me alegra que te parezca bien lo que doy por definitivo. :)

Un abrazo y feliz 2012