martes, 29 de diciembre de 2015

Versos de la piedra y del agua. La presencia de Celso.

             

          El día 11 de diciembre, entre las dos y media y las tres del mediodía, llegaban algunos tertulianos al restaurante Hora 25, lugar de la cita, ya casi habitual por Navidad. A esta comida estaba invitada la mujer de nuestro querido tertuliano Celso, que desde donde esté creo que se alegraba del evento. La tertulia de este día giraba en torno a su obra: “Poemas del agua y de la piedra”.

               La comida, con ausencias notables y justificadas, transcurrió entre bromas y chascarrillos, entre otros de José Enrique Campillo, el día que falte la fiesta no será igual. Cómo no, junto a Jose Enrique no faltó la broma-broma de Antonio Castro. El golpe fuerte del almuerzo, además de las raciones, siempre   magníficas y bien servidas, fue la entrega de regalos del “amigo invisible”. Aunque la cuantía indicada es de poco dinero, al final terminan siendo unos regalos estupendos que superan el valor de lo prescrito. Maravilloso momento de bromas y risas que mostraba la humanidad de los tertulianos y la calidad de las personas que allí se encontraban: Patro y Fernando salieron de su formalidad para mostrarnos el mejor humor; Mila Ortega desde su cordura nos dejó ver su bis cómica y entretenida; la seriedad de Dani Villa se rompió con tanta risa y no digamos la de Jose Manuel Sito que bromeó como el que más; y junto a estos no pararon de reír Mamen Alegre, la recién llegada Cari Jimenez, Juan Antonio Rincón, que estaba a gusto con la que fue su profesora de instituto, Nieves, la mujer de Celso. Al café se unió Pía Gragera, corresponsable  en el proyecto de edición del poemario de Celso. Estos momentos de entrañable alegría hacían más patente las ausencias. Bien saben los que no estuvieron que su  presencia estaba en la mente y en el afecto de todos.












               Después de este refrigerio, nos dirigimos al Ateneo, al lugar habitual de los encuentros. Allí nos encontramos con otros tertulianos, Jose Manuel Vivas, Antonio Maqueda, Pilar Mateos, Trinidad Ródenas y con los ponentes de la tarde, Manuel Lozano y Pía Gragera. Estos últimos, profesores de literatura en diferentes centros de la ciudad y que, de forma directa, habían hecho posible el poemario de Celso. Los dos, Pía y Manuel, aparecen en los créditos como responsables de la edición literaria. El trabajo de recopilación y de orden de los poemas, durante unos años, terminó con un resultado excelente, el poemario que lleva por título “Poemas del agua y de la piedra”.





              



 Manuel, profesor, como se ha indicado, en el IES Reino Aftasí  de Badajoz, donde Celso trabajó los últimos años de su vida, nos habló de las dificultades que tuvieron a la hora de recopilar los poemas en el intento de respetar la intencionalidad de Celso Rodríguez.



               En el poemario, ilustrando los versos, aparecen una serie de grabados que pertenecen a diferentes artistas, todos ellos profesores de artes plásticas del IES Reino Aftasí. En este libro, dijo Manuel Lozano, han colaborado veintidós personas. Desde la primera página hasta la última las ilustraciones se combinan con los poemas. Los responsables del diseño y la edición son, Lourdes Santos y el propio Manuel Lozano.
               Como bien dice Manuel, el poemario es un trabajo póstumo de algo que Celso venía trabajando antes de entrar en el proceso de su grave enfermedad. Lozano, nos comentó que  “los poemas, escritos a ordenador y guardados en una carpeta, se consideraron definitivos. Así,  aparecen en la obra con el nombre de su autor y la fecha; el resto, un grupo de poemas sin firmar y con  vacilaciones en su escritura, pensamos-comentó- que son borradores. De estos últimos, como muestra de su forma de trabajo, presentamos algunos en el anexo.” En realidad la confección de esta obra, y así lo indicó Manuel Lozano, ha mantenido un máximo respeto a los textos y al autor para dar a conocer lo que creemos hubiera hecho Celso.

               Nuestro comentarista y artífice del poemario nos habló del sentido del título indicándonos que este había sido  elegido empleando la expresión, Poemas del agua y de la piedra, que aparece entre los textos de los borradores, escrito en mayúsculas sin referirse a ningún poema concreto, por lo que se consideró que podría haber sido la propuesta del autor.
               El poemario se abra con unos versos dirigidos a su hija. Estos son presentados con la caligrafía de Celso y dicen así:

Léeme.
Cuando la vida te lleve sin
rumbo y sin horizonte;
cuando el dolor te cubra
o la alegría brote,
como un árbol tierno entre
tus manos.
Léeme,
pues cada vez que lo hagas
yo volveré a tu lado
y podré seguir amándote en
cada una de mis palabras.

               Estos entrañables versos, impresos en papel vegetal, están ilustrados con un dibujo del rostro de Celso creado por Carmen Reca.

               A la lectura de estos versos, le siguió la lectura de otros tantos poemas realizada por cada uno de los tertulianos allí presentes. Manuel Lozano fue cotejando cada uno de ellos con comentarios sencillos acercándonos a la intencionalidad del autor.

               Del poema Nombre comentó que nos sitúa ante la tradición literaria de la poesía española. Darle nombre a las cosas entronca, también, con el imaginario cabalístico que aparece en los primeros versos de la Torá, y Adán le puso nombre a las cosas. Los versos dicen así:

1 Bajo las raíces de la piedra, en la profunda matriz donde germina la sombra,
informe palpitaba tu nombre.

2 Para alcanzarlo, surqué los veneros que arrastran el rumor apagado de lluvias
antiguas, y escudriñé las incontables aristas del viento, buscando su latido.

3 Hoy, al fin, arranqué la piedra y recogí la tierna floración de su sonido.
Despunta tu nombre, amasijo de luz en la certeza de mis labios que lo conforman
 y te crean.

               El siguiente poema es un encuentro con la poesía, con el amor, con la palabra:

Anónimos senderos que un viento ciego diseñó con trazo inevitable.
Por ellos ascendimos, de la mano confusa de la niebla, hasta la cima de
 la palabra
Y en su extensión transparente fuimos penetrados por el asombro de la
presencia identificada
Conjunción de las bocas en la tierna plenitud de los sonidos, dulzura de
las sílabas amanecidas en su íntima cadencia, húmedos perfiles que acu-
naron los límites exactos del latido desbocado e insinuaron la velada in-
quietud de los silencios.
Envueltos en su cálida textura la palabra nos desvaneció distancias.

               Magníficos versos que nos revela la profundidad de Celso, una reflexión donde la palabra es la protagonista.

               El siguiente poema expresa este sentimiento por el “logos” de una forma más directa:
Pero aún recuerdo que,
bajo el asombro del primer encuentro,
las palabras surgieron de improviso como hoces
 y segaron el silencio.

Códigos que creí olvidados
abandonaron su entumecida quietud en el recodo de los labios
y poblaron gozosos en el aire mudas oquedades.

               El siguiente poema nos lleva al centro de lo urbano, de este sólo traigo a estas páginas la primera parte:

Regresas, como de costumbre,
en la hora incierta de la ciudad fatigada.

Pasan los últimos autobuses cargados de distancias humilladas, labios
horadados de piedra y miradas inmóviles que insinúan su dolor tras los
cristales empañados de noche.

Luces amarillentas aletean impotentes como mariposas deshojadas bajo la lluvia.

Recorres las avenidas que alargan su desasosiego en la incertidumbre de los tilos
entre la bruma. Cruzas la inhóspita dureza de las terrazas oculta bajo el deterioro de los geranios despoblados.

Palpas el agobio vertical de edificios sin horizonte, de balcones que soportan
la adherida humedad de viejas soledades, mientras el viento cuelga palabras 
caducadas en los perfiles estremecidos de las antenas.

               Al comentar este poema, Nieves, la mujer de Celso, presente en la tertulia nos comentó que Celso se retiraba a un monasterio en Quintanilla de las Viñas (Burgos), para terminar sus poemas. Al final, comenta, volvía con los mismos versos y con pocos arreglos. El tiempo se lo había pasado haciendo otros oficios que tenía más que ver con las relaciones sociales que con la literatura, aunque esta beba de la primera. Así, Celso terminaba repartiendo el pan con la panadera del lugar o tomando vinos en la taberna del pueblo.
               La costumbre de vivir en la “desacostumbre” era algo propio de nuestro poeta. Así, muchas veces podría encontrarse en algún lugar de copas o almorzando en un restaurante y terminar escribiendo en las servilletas de papel de la mesa.  En realidad, comenta Nieves, Celso tenía una forma generosa de perder el tiempo que le era muy propia. Y no era perder el tiempo sino encontrarse con los otros. Le encantaba estar fumando con otros compañeros por solo hecho de estar con ellos. Así lo expresan estos versos:

CIGARRILLO
El último cigarrillo
Retardar con un acopio de ternura el final obligado
El gesto ralentizado hasta quemar el momento placentero
En el lento aspirar  la lenta aspiración
Enciendes bajo la marquesina
El humo asciende en la quietud de la mañana
Con el temblor entrecortado de un pájaro recién amanecido

               O estos otros:

Ellos gritan, amontonan
voces y palabras sin límite
en el reducido local que considero tan mío.

Hay mañanas
en que el café me sabe a oleaje humano.

               El último verso, con esa metáfora del sabor como oleaje humano, revela esa intencionalidad generosa, el gusto amable, de estar al lado de los otros.
               Junto a su particular sentido de la cercanía se encuentra, también, su forma sensual de mirar las cosas. Los sentidos al cien por cien con el objetivo imperioso de apreciar la calidad de todo lo que le rodeaba. Así estos versos:

VOYEUR
Contemplé desde lejos
cómo él acariciaba
el esplendor estremecido
del cuerpo circundado por sus brazos;

cómo ella consentía, complaciente
la sonrisa de pétalo entreabierto,
al deseo enfebrecido.

Encharcó mis ojos
el agridulce sabor de la nostalgia,
y con ella me adentré en la noche.

               O estos otros:

Se nos secaron las palabras
como espigas abiertas
al aliento sofocante del verano.

Como semillas aplastadas,
se convirtieron en polvo amarillento.

               Celso era un hombre de tertulia. Le encantaba el encuentro con contertulios, como Torrente Ballester.  Y es en el bar  donde encontraba el mejor sito para ello. De esta manera surgen poemas como los que siguen:

BAR
Nuestra vieja mesa en sombra.

Desorientadas, las manos
buscan tu tacto.


BAR II
La prontitud de las manos
atravesó las esquinas que enmarcaban el silencio,

esbozó
entre la bruma suspicaz de las miradas extrañas,
de las sonrisas ajenas, disecadas en su torpeza mal fingida,
clandestinos pasadizos
hasta llegar a lo supremo del contacto.

Al margen de cualquier otro cuidado,
habité
la total permanencia del asombro.

               A Celso, un hombre singular en el sentido propio de la palabra, le encantaba levantarse unas horas antes que los demás y trastear o pasear- comenta su mujer. Una forma de despejar el alma y de estar atento a todo. Es probable que esta forma de hacer la quisiera expresar  a través de unos versos como estos que escribió sobre las plazas:
PLAZA MAYOR
Acumulaba
el umbrío rigor de las fachadas
la confusión de palomas en cohibido aleteo.

Las palabras,
agotado intento por remontar tu rastro,
enmarcaban su naufragio en aterida
finitud de piedra.

La plaza,
mano de soledad extendida.

               El poemario se cierra con unos versos donde la búsqueda y la espera se albergan en el silencio solemne de un asceta:

LA ORACIÓN DEL ASCETA
Te busco
en el silencio calcinado del yermo, donde la luz hierve
la dureza de la piedra;

más allá de la porfía del viento que traza su desasosiego
con huidiza caligrafía de dunas;

en la huella errátil de las tolvaneras que entretejen
en su seno lamentos de polvo arrebatado;

junto a las palmeras del agua, bajo los tiernos brotes que descifran
el sabor a dátil de tu cuello.

Por el desvelo de las noches sin tregua, te espero,
entumecidos los ojos de tanto buscar los extremos de la sombra
y no hallar sino la rutina de torpes amaneceres
que reabren la distancia
y fracturan la esperanza del encuentro.

               Todo el poemario es un símbolo que expresa las facetas de nuestro autor, la enseñanza, la literatura y el teatro. La versatilidad humana de nuestro autor se ve reflejada a lo largo de este libro. Un hombre que se adaptaba a todo- comentó Pía Grajera- y que especialmente apreciaba todo lo que era humano y con sentido de lo humano.
               A la lectura de los poemas le siguieron algunos comentarios de nuestros tertulianos en los que se reflejaba la dificultad de haber tenido poco tiempo para conocer a Celso y sin embargo fue lo suficiente para apreciar su humanidad. Los versos de este libro nos presentan a un hombre algo más que sensual un filósofo, un buscador de la palabra a veces oculta en los rincones más sencillos. El traza esa poética de los momentos que es complicada de expresar como refleja esos poemas, arriba citados, del bar/ bar II/ cigarrillo.
               Los tertúlianos concertábamos en subrayar  que estos versos de Celos, fáciles de leer  por la musicalidad de sus palabras, hay un registro humano, profundo, solemne, y sencillo a la vez. Con esta obra se nos presentaba a un hombre, a un poeta, a Celso que fue capaz de versificar el dolor, este dolor que sería su último e íntimo compañero:

DOLOR
Las palabras son arena entre los dientes.
Paladeamos su duro sabor consciente
mientras la carne se nos puebla de gritos erizados
y el dolor asciende por alambradas de escarcha.
Un ácido goteo desciende desde las pupilas
abarrotadas de noche, perforando el temblor del aire.
Por un momento, sin otro alijo que
cogidos de la mano de
nos disponemos a descender por escalones de ….
que
Pero un amanecer, como un tierno vagido impreciso de luz,
nos espera tras los cerros

DOLOR
Las palabras son arena entre los dientes y el dolor asciende por alambradas erizadas de gritos. Pero un amanecer, aún impreciso de luz, espera tras los cerros
Como un tierno vagido impreciso de luz aún


               Desde estas páginas gracias, una vez más, a Nieves por querer estar con nosotros e ilústranos con miles de anécdotas de nuestro-sioempre presente-tertuliano Celso Rodriguez, que evito recoger aquí para guardar el derecho de lo privado. Gracias a Manuel Lozano y a Pía Gragera por su trabajo este día compartido en la tertulia, la tercera del quinto año de existencia. Celso, nuestro querido Celso, una vez más, estuvo presente entre nosotros y de una forma real, como a él le hubiera gustado estar, presentándonos su creación: Poemas de la piedra y del agua.  



3 comentarios:

María Blázquez dijo...

Seguro que nuestro compañero Celso, desde donde quiera que esté, seguirá regalando poesía a aquellas almas que sean capaces de sentirla.
No he podido evitar las lágrimas con el primer poema. ¡Qué injusta la vida a veces!
Un abrazo, querido poeta Celso.

Unknown dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Fernando Montoya Garcia dijo...

Celso nos envolvió con el humo de su cigarrillo, regalándonos palabras de Felicidad a todos...un Abrazo Amigo.